5 Nov 2013 | Análisis | Noticias

Bolivia no es un Narco-Estado

En Bolivia no existe la figura del narco-Estado”, rezaba un reciente titular enEl Deber, diario principal en Santa Cruz, Bolivia. ¿El autor del artículo? El equivalente al Embajador de la Unión Europea en Bolivia, Tim Torlot.  Aparentemente Mary Anastasia O’Grady no había leído la entrevista. En su reciente columna en The Wall Street Journal, ¿Será Bolivia el próximo Afganistán?, O’Grady elabora una serie de absurdas acusaciones sobre cómo Bolivia se ha convertido en un “eje del crimen organizado y un refugio de terroristas”. Estas acusaciones incluyen referencias a “la conexión con Teherán”, un “narco-Estado represivo” y “extremistas africanos… que se unen a la lucha”. Como supuesta evidencia de esto último, se menciona que “el cuerpo mutilado y parcialmente quemado de un hombre negro fue hallado cerca a la frontera con Brasil”. De hecho, todas las acusaciones se basan en insinuaciones y rumores.

La supuesta conexión terrorista no amerita mayor análisis. Basta decir que casi no se menciona a Bolivia en el último Informe de Países sobre Terrorismo del Departamento de Estado de los EE.UU.Bolivia sí enfrenta un problema muy concreto en relación al tráfico de drogas. En la medida en que los reportes sobre el cultivo de hoja de coca y la producción estimada de cocaína han disminuido en Colombia, el Perú ha surgido como la principal preocupación en la región respecto al tráfico de drogas. La pasta base de coca barata está fluyendo a través de la frontera del Perú hacia Bolivia, desde donde transita directamente a Brasil y Argentina; o se le procesa allí para fabricar la cocaína y luego enviarla a estos destinos.

En otras palabras, Bolivia está pagando actualmente el costo de los resultados de políticas de drogas implementadas en Colombia, las cuales han transferido al Perú la producción de coca; y en el Perú, país que viene erradicando miles de hectáreas de cultivos de coca cada año pero fracasa miserablemente en la interdicción de la pasta básica o la cocaína. Y mientras la demanda de cocaína se mantenga fuerte, la oferta estará fácilmente disponible. En última instancia, el éxito en reducir el flujo de cocaína que proviene de la región andina no depende de los esfuerzos de ningún país individualmente, sino de una reducción significativa de la demanda mundial por esta sustancia.

O’Grady declara que “datos elaborados por las Naciones Unidas muestran que la producción de cocaína está en aumento en Bolivia desde el 2006”. Pero la verdad es que las Naciones Unidas no han publicado estadísticas sobre la producción estimada de cocaína desde 2009, y el gobierno de los EE.UU. reportóuna disminución del 18 por ciento en la producción estimada de cocaína en Bolivia entre los años 2011 y 2012. Por el segundo año consecutivo, ha declinado el cultivo de hoja de cocaneto, lo que le ha ganado a Bolivia grandes elogios por parte de autoridades europeas y funcionarios de la ONUDD. Desde que la Agencia Antidrogas de los EE.UU. (DEA) salió de Bolivia, las incautaciones de drogas ilícitas se han incrementado significativamente. La ONUDD también alabórecientemente las acciones del gobierno boliviano contra el lavado de dinero.

Al pedírsele definir un narco-Estado, el Embajador Torlot replicó: “Es un Estado donde el gobierno está en manos del narcotráfico y no hace nada en su contra. Eso no pasa en Bolivia”.

Las relaciones entre los EE.UU. y Bolivia siguen tirantes debido a razones demasiado numerosas para relatarlas aquí. Sin importar las críticas que uno pueda tener respecto a las políticas estadounidenses hacia Bolivia, o a las políticas de este país hacia los Estados Unidos, responde a los intereses de ambos países —tal como cada uno de ellos lo ha expresado en diferentes oportunidades en el pasado— mantener abiertos los canales de comunicación y, en última instancia, volver a intercambiar embajadores, tal como lo subrayó el Encargado de Negocios de los EE.UU. en Bolivia, Larry Memmott, en una entrevista realizada el 3 de noviembre. Lo que llevará a ambos países en esa dirección es el discurso público basado en evidencias.

Se agradece a Kathryn Ledebur, Directora de la Red Andina de Información, por su asistencia para este comentario.