30 Sep 2015 | Análisis | Noticias

El ocaso de la campaña de fumigación de coca en Colombia resalta su injusticia e ineficacia

Por Adam Schaffer y Coletta A. Youngers
 
El jueves 1° de octubre marcará el fin de la fumigación aérea con la herbicida glifosato sobre los cultivos de coca en Colombia, lo cual representa una reñida victoria contra políticas ineficaces, injustas y destructivas para el control de drogas.
 
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Desde 1994, Colombia —con asistencia financiera y respaldo de los Estados Unidos— ha fumigado campos de cultivo de coca con el herbicida glifosato. En marzo de este año, la Agencia Internacional de Investigación sobre Cáncer (IARC), una rama de la Organización Mundial de la Salud, concluyó que el glifosato “probablemente causa cáncer”, lo cual provocó que el Presidente colombiano Juan Manuel Santos invoque la eliminación de la fumigación aérea con este producto químico. Es inaceptable que un gobierno fumigue deliberadamente a sus ciudadanos y cultivos con un producto químico considerado probablemente cancerígeno. Más allá de ello, también ha quedado meridianamente claro que la fumigación —junto con muchas otras formas de erradicación forzosa de la coca— sólo exacerba los problemas de pobreza y exclusión que llevan a muchos agricultores pobres a cultivar coca, profundizando de manera perversa su dependencia respecto al cultivo de la hoja, y garantizando la continuación de los cultivos y una mayor devastación ambiental.

En setiembre, WOLA visitó Guaviare, departamento rural al sudeste de Colombia, para apreciar directamente los continuos daños provocados por la fumigación. Lo que encontramos fue una situación desgarradora: mientras se acercaba la fecha límite (1° de octubre) para acabar con la fumigación, ésta continuaba de manera indiscriminada y difundida sobre cultivos lícitos.
 
    
 
Con limitados fondos, los gobiernos locales en Guaviare han ayudado a financiar algunos proyectos agrícolas, brindando recursos técnicos, financieros y en especies a agricultores locales para cultivar cacao, arroz, caucho y otras variedades. Sin embargo, en uno de estos campos en la vereda de Puerto Gaviotas, en lugar de abundantes cosechas, encontramos plantas marchitas de arroz y cacao, y árboles muertos de caucho. Semanas atrás, el programa de fumigación aérea —operado por el Ministerio de Defensa y financiado por el gobierno de los EE.UU.— había arrasado hectáreas enteras de cultivo de una familia pobre. No vimos ni un solo cultivo de coca, marchito o vivo, y la familia nos aseguró que durante años no se había cultivado coca en esas tierras.
 
 
 
 
Blanca Martínez, dueña de la parcela y residente de la región durante décadas, y quien se desempeña como Presidenta de la Junta de Acción Comunal de Gaviotas, dijo: “Estaba en el campo cuando escuché sobrevolar los aviones”. “Tardaremos años en recuperarnos de las pérdidas”, se lamentaba. “¿De qué viviremos ahora?”
 
 
 
 
En reuniones con otros agricultores locales, escuchamos la misma historia; en meses recientes, se ha fumigado y destruido cultivos de alimentos, incluyendo arroz, yuca, banana y menestras, aunque muchas de las personas con quienes conversamos eran integrantes de asociaciones de productores locales. Otros se quejaron por la muerte de vacas que bebieron agua contaminada. Una y otra vez escuchamos el mismo comentario: “Están fumigando la comida de las personas”. “Es injusto… son veredas donde no hay cultivos de coca desde hace tiempo pero hoy en día vienen aquí a fumigar”. Los miembros de la comunidad sostuvieron que los mapas de parcelas de coca usados para guiar la fumigación estaban desactualizados, debido a lo cual los pilotos encargados de la fumigación dirigieron su puntería hacia áreas donde alguna vez pueden haber existido plantas de coca pero que han sido reemplazadas con cultivos legales hace mucho tiempo.
 
 
 
Mañana, Colombia cesará por fin la fumigación, su descaminada e ineficaz estrategia para frenar el cultivo de coca. Pero aún no está claro qué reemplazará al programa de fumigación aérea. El gobierno de Colombia ha presentado un “Plan Integral de Sustitución de Cultivos”, el cual requiere que los agricultores eliminen de inmediato todo cultivo de coca a fin de calificar para recibir asistencia del gobierno. Pero estas condiciones son impracticables para los agricultores pobres, dado que la erradicación previa les deja sin ingreso alguno durante el tiempo que toma plantar y cosechar nuevos cultivos, o desarrollar otras formas de ingreso.
La fumigación ha proporcionado décadas de cruel evidencia de que una estrategia de destrucción inmediata de cultivos que ignore las penurias de los millares de personas que cultivan coca puede promover una ilusión de eficacia, pero de hecho exacerba las dificultades para lograr reducciones sostenibles del cultivo de coca. Las políticas efectivas sobre el problema de la coca requerirán todo aquello con lo que la fumigación no cumple: un énfasis en el largo plazo, logros en cuanto a desarrollo sostenible y presencia del gobierno que vaya más allá de la participación de las fuerzas del orden. Más aún: los programas de desarrollo económico deben extenderse más allá de las oficinas del gobierno y los rubros presupuestales, y llegar a las comunidades en el terreno — algo que tanto a USAID como al gobierno colombiano le ha costado mucho lograr.

Un enfoque de largo plazo centrado en el desarrollo para contener la coca debe basarse también en un claro reconocimiento de que la intensidad del cultivo de coca se ve afectada por numerosos factores, de modo que es de esperar que sigan fluctuando los niveles de cultivo de la hoja. Si se reportan incrementos y cuando ello ocurra, sin duda el gobierno colombiano se verá bajo fuerte presión para reiniciar la fumigación aérea, ya sea con glifosato o con un producto químico nuevo, o aplicando glifosato a través de otros métodos, tal como lo han sugerido los medios de comunicación.

El gobierno de Colombia debe mantenerse firme. Durante los últimos 20 años, la fumigación ha fracasado en todos los frentes. Aún no se han materializado las reducciones duraderas del cultivo de coca, las familias se han hundido en la pobreza, y los precios de la cocaína siguen llegando a sus niveles históricos más bajos. Mientras se aproxima la firma de un acuerdo de paz en Colombia, ha llegado el momento de poner fin a una guerra insensata contra los campesinos colombianos, y de cambiar los aviones de fumigación por asistencia para el desarrollo económico.
 
Agradecemos a Pedro Arenas del Observatorio de Cultivos y Cultivadores Declarados Ilícitos – INDEPAZ por organizar nuestra visita al Guaviare. Adam Schaffer es Oficial de Programas en WOLA, y Coletta Youngers es Asesora Principal.

Contacto:
Adam Schaffer
Oficial de Programas, WOLA
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+1 (202) 797-2171