18 Dec 2014 | Análisis | Noticias

La vista desde la Habana: WOLA fue testigo de la historia

Por Geoff Thale

Estaba en una reunión en La Habana con mi colega Ana Sorrentino cuando comenzaron a conocerse las noticias. Estábamos en el Ministerio de Salud Pública, discutiendo el papel de Cuba en la lucha contra el Ébola en África, cuando uno de los cubanos recibió un tweet: “Alan Gross está camino a casa”, anunció. Irrumpió entonces en la sala de conferencias una secretaria sin aliento repitiendo las noticias. Nuestra conversación quedó detenida. Tanto los norteamericanos como los cubanos recibimos las noticias y sus implicaciones. Nos miramos todos los unos a los otros, luego un funcionario cubano se acercó a abrazarnos. La mujer que había anunciado primero la noticia tenía lágrimas en los ojos. Tomamos una foto grupal, cubanos y norteamericanos juntos, sabiendo que la noticia marcaba cambios históricos en la relación entre Estados Unidos y Cuba.

Todos sabíamos que las excarcelaciones de prisioneros significaban un gran avance en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, pero no estábamos preparados para lo dramáticos que serían los cambios. Nos apresuramos a salir de nuestra reunión de regreso a nuestro hotel para escuchar al presidente Obama en la televisión. A medida nos acercábamos, podíamos escuchar la voz de Raúl Castro, presidente de Cuba y veíamos cómo un grupo de taxistas y transeúntes quedaba absorto escuchando su discurso en la radio.

En el vestíbulo del hotel, Obama apareció en la televisión. Mientras hablaba, la multitud crecía y guardaba silencio. Había visitantes norteamericanos en Cuba para el Festival de Jazz. Había turistas europeos y canadienses. Había cubanos en el hotel para reunirse con los visitantes; y a medida la charla continuaba, a estos se les unían el recepcionista, el barman, el maître del restaurante y otros del personal del hotel. La multitud crecía a medida que la magnitud de los cambios se hacía más clara. Cuando el presidente Obama terminó de hablar, hubo un segundo de silencio seguido de un aplauso espontáneo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la calle sonaron las campanas de la iglesia después del anuncio y una manifestación de jubilosos estudiantes con varios cientos de participantes pasó por nuestro hotel agitando la bandera cubana y cantando. Había una sensación generalizada de que la conversación directa entre el presidente Obama y el presidente Castro, las observaciones de ambos líderes y la expectativa de que se encontrarían en persona en la Cumbre de las Américas en abril, había puesto la relación sobre una nueva base. Los cubanos se sentían orgullosos de que su país fuera reconocido por los Estados Unidos como miembro de la comunidad hemisférica.

Habían circulado rumores durante toda la semana de que algo iba a suceder. “El rumor por la ciudad es que Alan Gross vuelve a casa en algún momento cercano”, nos dijo en confidencia un diplomático europeo. Pero nadie estaba preparado para la audacia y la magnitud de los cambios. El presidente Obama habló de normalizar las relaciones entre los dos países, del restablecimiento de las relaciones diplomáticas, de la expansión del comercio y de los viajes, junto con las liberaciones de prisioneros que trajeron a Alan Gross, a tres agentes cubanos y a un número de otros presos de regreso a sus familias. Los cubanos, por supuesto, escucharon todo el discurso. Sabían que el presidente Obama era crítico sobre la situación de los derechos humanos en la isla y muchos de ellos estaban ansiosos por ver más libertad de información y debate y más oportunidades económicas. Pero estaban encantados por el cambio hacia relaciones más normales y esperaban que esto trajera progreso a la sociedad cubana.

Después de los anuncios, los cubanos regresaron a sus trabajos y comenzaron a pensar en el futuro. “Los cambios tomarán tiempo”, me dijo un taxista, “pero creo que las cosas van a mejorar.” Muchos de los cubanos con los que hablamos estaban esperanzados en que la nueva relación entre Estados Unidos y Cuba ayudará a estimular su economía y acelerar el proceso de cambio económico en marcha. Y muchos expresaron esperanza en que ellos o sus hijos pudieran algún día visitar los Estados Unidos, ya que la relación había mejorado. Nuestro taxista anhelaba ver Las Vegas y Nueva York.

Tomará muchos meses convertir los acuerdos anunciados ayer en realidades prácticas. El viajar de Estados Unidos a Cuba se conseguirá y el comercio y la inversión en el sector de la pequeña empresa emergente en Cuba aumentará, pero ambos procesos tomarán tiempo. También crecerá el acceso a internet y a las telecomunicaciones, pero tomará tiempo establecer la tecnología. Los impactos sobre la economía y sobre la libertad de información serán reales, pero graduales. Lo que más importará y lo que hará una diferencia de inmediato es la sensación de esperanza y posibilidad que generaron los anuncios de las nuevas relaciones.

Traducción por Revista Factum