6 May 2014 | Análisis | Noticias

Recordando a Javier Diez Canseco en el Capitolio estadounidense

Por Coletta A. Youngers, Asesora Principal de WOLA

Cuando recuerdo el tiempo que Javier pasó en Washington, dos imágenes se me vienen a la mente. La primera es Javier sentado en la sala de mi casa, riéndose y compartiendo con mis hijos. En mi familia, todos llaman Barbanegra a Javier. Y eso es porque una vez cuando estaba alojado con nosotros —debe haber sido 1994 o 1995 ya que en ese entonces mi hijo Jeremy tenía 3 o 4 años—, Jeremy entró a la sala, miró a Javier, señaló su barbilla y le dijo “barbanegra”, y en ese momento la risa de Javier llenó la habitación. Desde entonces, siempre lo hemos llamado con ese sobrenombre (¡ninguna intención de hacer una referencia a los piratas!), aún después que el pelo negro comenzó a convertirse en un evidente gris.

Pocos años después, cuando mis hijos comenzaron comprender que uno de los líderes políticos más importantes del Perú se alojaría con nosotros cuando visitara Washington, comentaban que él les parecía de lo más “normal”. De hecho Javier era normal en el sentido de relacionarse con cualquiera con un gran corazón, humor y reflexión —tomando tan en serio a mis hijos como lo hacía con cualquier renombrado político—. Sin embargo, estaba lejos de ser normal cuando se trataba de su intenso compromiso con los derechos humanos, la justicia socioeconómica y el derecho de las personas a opinar sobre cómo se gobierna su país. Y estaba lejos de ser normal en su capacidad para traducir ese compromiso en acciones efectivas, aún en lugares tan distantes como Washington.

La segunda imagen que viene a mi mente es la de Javier caminando por los pasadizos del Senado estadounidense,  donde con frecuencia acudía a la oficina del senador Patrick Leahy, quien por muchos años ha sido uno de los más firmes defensores de la promoción de los derechos humanos y la democracia en el Perú.

Luego del autogolpe de Alberto Fujimori en 1992, políticos de oposición de todo el espectro político comenzaron a aparecerse regularmente en mi oficina de WOLA. Con frecuencia yo pensaba que era raro que me buscaran a pesar de mis conocidos puntos de vista progresistas, hasta que me di cuenta de que muy pocos políticos que no habían tenido cargos en el Ejecutivo tenían contactos en Washington y yo era conocida por trabajar sobre el Perú. Es decir, llegaban WOLA independientemente de sus posiciones políticas para que los orientáramos sobre como conducirse en Washington. No obstante, ese no era el caso del político de izquierda más prominente del Perú, tal como era bien conocido Javier en ese momento en el Capitolio estadounidense.

El trabajo de Javier en Washington comenzó a mediados de la década de 1980. Nadie en Washington había escuchado sobre Ayacucho, las masacres que estaban ocurriendo allí o de Sendero Luminoso hasta que Javier llegó buscando apoyo internacional para las denuncias sobre las atrocidades que eran ignoradas en Lima. George Rogers,  mi predecesor en WOLA, recuerda que “Javier llegó y gracias a su perfil político, fue capaz de abrir puertas” y crear un espacio para trabajar sobre el Perú. George recuerda haber organizado almuerzos de trabajo en los que Javier hablaría, brindando profundos análisis e información concreta que permitía a activistas de derechos humanos en EEUU comprometerse en el trabajo de incidencia internacional sobre el Perú. Llevó a Javier de oficina a oficina en el Congreso para explicar lo que estaba pasando en su país, generando cartas y otras formas de apoyo de representantes y senadores claves en EEUU. Quizás lo más importante, Javier comenzó a sensibilizar a los políticos estadounidenses sobre la situación en el Perú desde antes del régimen de Fujimori, asegurando una respuesta rápida del Congreso de EEUU una vez que el Perú inició el camino dictatorial.

Otros defensores de derechos humanos siguieron el camino de Javier a Washington: Pancho Soberón (APRODEH), Patricia Valdez (CEAS), Pablo Rojas (COMISEDH) y Diego García Sayán (Comisión Andina de Juristas), son algunos que me vienen a la mente. Pero entre mediados y fines de los 80, Javier fue la imagen del activismo peruano en derechos humanos. Susinvestigaciones en el Congreso peruano sobre masacres tales como las de Accomarca y Cayara mejoraron aún más su credibilidad.

Siempre me impresionó como un día Javier podía interactuar con personas de una localidad donde había ocurrido un suceso terrible y días después podía  explicar con tranquilidad y de forma concisa a un grupo de asistentes de congresistas por qué debían prestar atención al Perú y qué deberían hacer al respecto. Javier era increíblemente capaz de operar con efectividad en ambos mundos, sin perder de vista su objetivo final, que era defender a quienes no podían defenderse por ellos mismos, quienes habían sido abandonados por el Estado y que estaban atrapados entre dos fuerzas brutales de violencia.

Quizás lo más significativo, era capaz detransmitir un sentido de compromiso y urgencia a gente a miles de kilómetros de distancia de lo que estaba sucediendo en el Perú. Muchos funcionarios en el congreso estadounidense estaban enamorados del poder que otorga su cargo y llegaban a ser cortantes e incluso groseros en los 15 o 20 minutos de tiempo que brindaban a los visitantes. Javier tenía una capacidad especial para llegar a nivel humano incluso a esas personas.

Nunca olvidaré la llamada que recibí en noviembre de 1990 (Fujimori tenía pocos meses en la presidencia) sobre la bomba que había estallado en la puerta de la casa de Javier y Liliana —una de las primeras atrocidades perpetradas por el grupo Colina. Pero debido a que Javier era conocido en Washington, pudimos rápidamente movilizar llamadas de oficinas parlamentarias a la Embajada de EEUU en el Perú, exigiendo al embajador que dejara en claro a las autoridades peruanas su preocupación sobre lo que había ocurrido y sobre la seguridad de Javier.

Para el momento del autogolpe, Javier había establecido estrechos contactos con las oficinas de los senadores Patrick Leahy y Chris Dodd, así como de numerosos representantes en el Congreso. Las puertas ya estaban abiertas para él mientras que otros políticos peruanos todavía estaban tratando de averiguar cuáles puertas debían tocar.

Cuando la administración de Clinton asumió en enero de 1993, había un clima más propicio para comprometer a formuladores de políticas en EEUU sobre el Perú y otros temas. El gobierno de Clinton jugó un rol importante en las denuncias de abusos contra los derechos humanos en el Perú, apoyando a la comunidad de derechos humanos,  y en el transcurso de la década de 1990, presionando a la dictadura de Fujimori para que retomara el camino de la democracia. (Al mismo tiempo, por supuesto, la CIA y otros funcionarios antidrogas de EEUU apoyaban a Vladimiro Montesinos; la política exterior de EEUU se ha caracterizado con frecuencia por esas contradicciones). Por ejemplo, algunos funcionarios al visitar Lima visitaba grupos de derechos humanos antes de hacerlo al gobierno, enviando un mensaje claro al gobierno sobre sus prioridades. El Departamento de Estado expresó su preocupación sobre la ley de amnistía de 1995 y otras acciones dictatoriales. Y, como resultado de los esfuerzos de incidencia en Washington, a mediados de los 90 el gobierno de EEUU cortó la ayuda al SIN, aunque eso no lo supimos hasta más tarde.

Aunque para ese momento muchos peruanos se encontraban comprometidos en el trabajo de incidencia en Washington —en particular la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos jugó un importante rol— su trabajo se facilitó gracias al camino que forjó Javier antes de ellos. O mejor dicho, Barbanegra.